El relato del Evangelio de Jesús alimentando a los cinco mil es bien conocido, tal como se aprecia en la vidriera de arriba, perteneciente a la iglesia de Nuestra Señora del Monte Carmelo. Un muchacho se encontraba entre la multitud que siguió a Jesús hasta la otra orilla del mar de Galilea, llevando consigo cinco panes y dos peces. Jesús conversa con Felipe sobre cómo alimentar a tal multitud, y entonces Pedro y Andrés se acercan para comunicarle que el muchacho está dispuesto a compartir. Ante una multitud hambrienta y unos recursos limitados, Jesús no los rechaza. No espera a que haya abundancia; por el contrario, toma lo que se le ofrece —cinco panes y dos peces—, lo bendice, lo parte y lo entrega.
En nuestra sociedad moderna, es fácil ser escéptico. ¿Cómo podría alimentar a tantos con tan poco? Sin embargo, esa es una de las lecciones que podemos ver en este milagro. La provisión de nuestras necesidades no descansa únicamente en manos humanas; descansa en Dios.
Dios provee porque ama. No de maneras abstractas, sino con un cuidado real y tangible hacia su pueblo. Él ve el hambre y responde con sustento; ve la necesidad y responde con generosidad. Y, al hacerlo, revela el corazón de un Padre que no abandona a sus hijos.
En este número de la revista *The Catholic Witness*, hemos compartido las historias de muchos tipos de padres: biológicos, de crianza y espirituales. Cada uno, a su manera, se convierte en un signo de la providencia de Dios, ofreciendo lo que puede y confiando en que será suficiente.
En un mundo que a menudo mide el valor por lo que podemos producir o controlar, este Evangelio nos invita a adoptar una postura diferente: la confianza. Confianza en que Dios ve. Confianza en que Él sabe. Confianza en que Él proveerá, a veces de maneras que esperamos y, a menudo, de maneras que no.
La presencia firme de un padre, su oído atento, sus silenciosos sacrificios: estos son los panes y los peces de la vida cotidiana. Ofrecidos con amor, se convierten en algo más grande.
Porque en las manos de un Padre amoroso, siempre hay suficiente.
Por Rachel Bryson | Revista The Catholic Witness

